La problemática del SIDA es central en Sudáfrica, y las estimaciones indican que sólo uno de cada tres obreros llegará con vida a su jubilación. Una de las principales industrias del país, la extracción del oro, sigue aislando de sus familias a los varones jóvenes, obligándolos a trasladarse durante mucho tiempo a albergues mineros. Allí se ha instalado la industria del sexo y no es difícil establecer como se reproduce la enfermedad, incluso en las mujeres y en los niños que tan lejos viven.
Cuando llega la noche, el centro de Johannesburgo queda desierto de blancos que se retiran a sus casas, en los suburbios lujosos como Sandton y Midrand, bien custodiadas por la floreciente industria de la seguridad privada.
El centro de la ciudad se convierte en el reino de la prostitución, las drogas y la violencia. Allí abundan las pandillas de niños huérfanos a causa del SIDA quienes, al no poder conseguir al menos el certificado de defunción de la madre, quedan al margen de la seguridad social.
Paradójicamente, al mismo tiempo la nueva industria del turismo recorre las herencias de apartheid, el suburbio de Soweto, el barrio negro de Johannesburgo.
Todo parece indicar que, más que consecuencias sociales del apartheid, el dominio y la explotación de una clase sobre otra se ha quitado la mascara del color y ha dejado al descubierto el problema básico que siempre ha existido, la lucha entre capital y trabajo.



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