martes, 10 de julio de 2007

La situación actual

Uno más de los puntos débiles de la presidencia de Mbeki, es su política con respecto al SIDA. En más de una ocasión ha declarado que no cree que haya relación entre el VIH y el SIDA, por lo tanto el Estado no destina las suficientes inversiones para la compra de medicamentos, sino que se enfoca en disminuir la pobreza ya que considera la principal causa de la epidemia.

La problemática del SIDA es central en Sudáfrica, y las estimaciones indican que sólo uno de cada tres obreros llegará con vida a su jubilación. Una de las principales industrias del país, la extracción del oro, sigue aislando de sus familias a los varones jóvenes, obligándolos a trasladarse durante mucho tiempo a albergues mineros. Allí se ha instalado la industria del sexo y no es difícil establecer como se reproduce la enfermedad, incluso en las mujeres y en los niños que tan lejos viven.

El SIDA es tan sólo una manifestación externa de un legado del apartheid, un sistema fundamentalmente machista que ha hecho de la violencia sexual algo cotidiano. Los enfermos se enfrentan a los problemas de infraestructura sanitaria; desabastecimiento de farmacias; a los policías que se niegan a tomar denuncias de violaciones; a los procesos burocráticos que se necesitan para que el estado ofrezca algún tipo de ayuda. Por lo tanto, estos enfermos empiezan a ampliar sus reivindicaciones y a luchar por un salario mínimo, por los derechos de los trabajadores, etcétera. A este movimiento se le han sumado la iglesia anglicana, la principal central sindical de país y algunos miembros del ANC.

Por otro lado, y como parte del lógico proceso de transición que aun vive el Pais, los índices de violencia en el país han aumentado de forma drástica y, tanto los blancos como los negros, son víctimas de ellas. Sin embargo, la represión ha adquirido tintes netamente raciales, ya que el mayor número de desocupados se encuentra entre los negros.

Cuando llega la noche, el centro de Johannesburgo queda desierto de blancos que se retiran a sus casas, en los suburbios lujosos como Sandton y Midrand, bien custodiadas por la floreciente industria de la seguridad privada.

El centro de la ciudad se convierte en el reino de la prostitución, las drogas y la violencia. Allí abundan las pandillas de niños huérfanos a causa del SIDA quienes, al no poder conseguir al menos el certificado de defunción de la madre, quedan al margen de la seguridad social.

Paradójicamente, al mismo tiempo la nueva industria del turismo recorre las herencias de apartheid, el suburbio de Soweto, el barrio negro de Johannesburgo.

Todo parece indicar que, más que consecuencias sociales del apartheid, el dominio y la explotación de una clase sobre otra se ha quitado la mascara del color y ha dejado al descubierto el problema básico que siempre ha existido, la lucha entre capital y trabajo.

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